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628. La procesión ridícula

#628

Las orugas procesionales son una especie de gusano que se alimentan de las hojas del pino. En los bosques de algunos países, van lentamente en fila de árbol en árbol, siempre en busca de comida. Una sigue la otra, cada cual con los ojos medio cerrados y la cabeza metida en una hendidura en la parte posterior de la que va adelante.

Un naturalista francés, Jean Henri Fabrè (1823-1915), realizó un ensayo interesante con estas criaturas. Las atrajo al canto de un macetero —o sea un matero para plantas— y logró acoplar la primera oruga con la última. Ellas formaron así un círculo cerrado en torno del borde superior, y comenzaron una procesión como la que el científico había visto en el bosque, pero esta vez sin principio ni fin.

Fabrè pensaba que al cabo de poco tiempo se cansarían de un ejercicio tan ridículo. Él quería ver cuál oruga rompería el círculo y qué sucedería después.

Pero no fue así. Por simple costumbre, el círculo vivo continuó su marcha en torno del macetero. Más de dos docenas de animalitos dieron vuelta tras vuelta, cada uno con la cabeza hundida en el cuerpo de su compañero que le precedía. Siete días y siete noches duraron en esa marcha inútil, hasta que murieron de hambre.

Había una amplia provisión de comida al lado de la pista, completamente a la vista, pero un poco fuera de la ruta. Las orugas procesionales no la tocaron, y perecieron sin haber interrumpido su marcha.

Alguno dirá que el naturalista no ha debido interrumpir la manera de vivir que los animalitos tenían en el bosque. El punto tiene validez, pero no es la conclusión principal. La lección sobresaliente es que las orugas sólo sabían seguir su costumbre, su hábito, su tradición.

Obedecieron su instinto y confiaron en su experiencia, aun cuando fue evidente que no estaban logrando lo que perseguían. Tenían abundante precedente, y confiaron en eso. Confundían la actividad con el fin. Pensaban que iban bien, pero no llegaron a ninguna parte sino a la muerte.

El ser humano no tiene por qué actuar así. Él está provisto de facultades que le permiten identificar su necesidad y buscar cómo remediar la situación. Su anhelo es mucho más que simplemente comer, y su capacidad es mucho más que simplemente marchar en pos de su compañero de fila.

Gracias a Dios cuando uno puede comer, pero no sólo de pan vivirá el hombre. [1] Es más, la vida no consiste en la abundancia de bienes que uno posee. [2]

El ser humano sabe que todo aquel que quiere salvar su vida la perderá, y que nada aprovechará al hombre ganar todo el mundo y a la vez perder su alma. [3]

Estamos agradecidos a nuestro Padre celestial por la salud, la alimentación, el abrigo y todo cuanto ha tenido a bien concedernos. Pero buscamos algo más. Sabemos que nos hace falta, y la esperanza emana eternamente en nuestro pecho que ese algo debe estar a nuestro alcance. Ese algo es la paz, seguridad, comunión, satisfacción que no dependen  de uno mismo.

Hay quienes se enchufan en la procesión de los demás. Ojos medio cerrados, cabeza hundida en la muchedumbre, se meten en la procesión. Puede que opten por la fila de los placeres carnales, o la del bienestar material y posición social, o quizás la de la religión. Las filas parecen diferentes, pero realmente es sólo el matero que cambia. Todas dan vueltas y vueltas, y terminan sin haber logrado lo que buscaban. Y, dicen, ¿por qué no meterse? ¿Acaso no hay que gozar la vida? ¿Será que no apelan a uno la buena vida y la aprobación social? O, ¿qué hay de malo en la conocida y prestigiosa religión de nuestros padres, nuestra sociedad, nuestra cultura? Todos vamos juntos. Así es que se hace. La gente acepta a uno. El compañero me guía, y yo soy guía al que viene atrás.

Pero resulta que todos son ciegos guiando a ciegos. Al cabo de los siete días y siete noches de procesión, todos mueren de hambre. Siguen la costumbre y se cobijan en el precedente, pero no logran lo principal.

“Si nuestro evangelio está aún encubierto”, dijo el apóstol Pablo, “entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”.

“No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús”.

“Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. [4]

Reflexione, le ruego. ¿Ha resplandecido en su corazón la gloriosa luz del evangelio que proclama la salvación eterna por fe sincera en Jesucristo como su único y personal Salvador? Si no, temo que aún está dando vueltas sobre el filo del macetero.

Deje de mirar a aquel que va adelante en el mismo plan. Ponga la mirada de fe en Aquel que dio su vida en la cruz del Calvario, y resucitó de entre los muertos, para que usted tenga vida, y la tenga en abundancia.

Citas:   [1] Lucas 4:4  ,  [2] Lucas 12:15  ,  [3] Lucas 9:25  ,
[4] 2 Corintios capítulo 4.