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615. Cómo Bartimeo fue salvo

#615

Bartimeo el ciego estaba sentado junto al camino mendigando cuando Jesús salía de Jericó seguido de una multitud. Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, ten misericordia de mí!”

Le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: “¡Ten misericordia de mí!”

Entonces Jesús se detuvo, y dijo: “Llámenlo”. Llamaron al ciego, diciéndole: “¡Ten confianza; levántate, te llama!”

Arrojando su capa, el ciego dio un salto y se acercó a Jesús, quien le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?” El ciego le contestó: “Maestro, quiero recobrar la vista”.

Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.

 

El relato sencillo que Marcos narra en el capítulo 10 de su Evangelio en la Santa Biblia presenta hermosamente tres grandes verdades en cuanto a la salvación que tú necesitas.

  • El ciego clamó: ¡Ten misericordia!
  • La gente le avisó: ¡Ten confianza!
  • Cristo le aseguró: ¡Ten la salvación!

Es uno de los muchos casos donde el Médico Divino usó la enfermedad del cuerpo para atender a la mayor necesidad de la salvación del alma.

Ahora, notemos: Había un mendigo incapacitado; unos intermediarios inadecuados; un Salvador infalible.

La ceguedad es figura en la Biblia de la condición tuya y mía en nuestra naturaleza caída. “El dios de este siglo —Satanás— cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo”, 2 Corintios 4.

Bartimeo reconoció su necesidad y sabía dónde estaba la solución. Tal vez en esto él supera a mi lector. Espero que no. “Ten misericordia de mí”, es donde tienes que comenzar.

La gente manifestó gran ignorancia e indiferencia, y en esto es representativa de la abrumadora mayoría de nuestros prójimos, sean o no profesionales ordenados en una religión humana.

Felizmente, llegaron a reconocer que, si bien ellos no podían hacer nada por el ciego, otro sí quería. Con toda la tardanza del caso, y en toda mi indignidad propia, yo clamo a ti también: “Ten confianza. ¡Jesús te llama!”

Cristo te ama, y quiere salvarte. Sólo tienes que “arrojar tu capa”, sea de religión, vanidad, indiferencia o incredulidad. “El que viene a mí”, dijo en una ocasión, “no le echo fuera”. Fue necesario que el Cristo fuese levantado en cruenta cruz, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Bartimeo se limitó a explicar, “Quiero recobrar la vista”. Pero para Jesús eso fue secundario. Le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Por supuesto, tampoco le defraudó en lo demás: el hombre recobró la vista en seguida y siguió a Jesús en el camino.

Se operó un gran cambio en él. Recibió “la luz del evangelio de la gloria de Jesucristo”. Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que puede resplandecer en tu corazón, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

Por la fe que puso en el Salvador, Bartimeo fue hecho un nuevo hombre: nuevos horizontes, nuevo Amigo, nuevo rumbo.

¿Te has dado cuenta de cómo estás y cómo puedes estar? Te ruego reflexionar sobre la secuencia que debe ser tuya:

  • “Jesucristo, ten misericordia de mí”.
  • Ten confianza, Él te llama; quiere salvarte.
  • Si le aceptas, te dirá: “Tu fe te ha salvado”.