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614. Pobre rico

#614

La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: “¿Qué haré, porque no tengo donde guardar mis frutos?”

Y dijo: “Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe y regocíjate”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche vienen a pedir tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?”

 

Por una u otra circunstancia, este agricultor había prosperado. Él tenía visión hacia el futuro y dominaba la planificación estratégica. Entendía la posibilidad de vivir de sus rentas en vez de agotarse en faenas innecesarias. En fin, era buen empresario.

Pero este sabio cometió tres errores—

*   Confundió su alma con su cuerpo.

*   Confundió a Dios con el hombre.

*   Confundió la eternidad con el tiempo.

Él pensaba que su alma era su cuerpo. Otros, más descuidados que él, ni reconocen que tienen alma; mejor dicho, que somos espíritu, alma y cuerpo. La sabiduría del mundo dice que lo que el ojo no ve, el corazón no siente, pero el comentario bíblico es que el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Dios mira el corazón.

Este sabio necio comenzó bien su discurso a sí mismo: “Alma …”, pero pensó sólo en la comodidad de su cuerpo: reposo, comida, bebida y lujuria.

¡Oh! si se hubiera lanzado las preguntas con que Jesús reta al lector de este folleto— ¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? El consejo divino es que debemos temer a Aquel que puede destruir al alma y al cuerpo en el infierno.

Pero este señor confundió a Dios con el hombre. Bien había observado el rey David que el necio dice en su corazón: “No hay Dios”. Nuestro candidato pensaba sólo en mío y yo: “mis frutos, yo derribare”, etc. Él planificó consigo mismo, no imaginándose que Dios estaba por tocarle el hombro y decirle de planes de mucho mayor alcance y enteramente fuera de su control.

Esta parábola bíblica está puesta como introducción a una enseñanza para el siglo 21: (i) La vida es más que la comida, y el cuerpo que el vestido; (ii) Busque primeramente el reino de Dios, y las demás cosas le serán añadidas.

El reino de Dios será visto solamente por el que naciere de nuevo. Lo que es nacido de la carne, carne es; lo que es nacido del Espíritu Santo, espíritu es. No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él. El que acepte a Jesucristo como Salvador de su alma no es condenado. Pero el que no cree —por confiar en sí o en una hueca religión humana, o por decir que no hay Salvador que fue entregado por nuestras transgresiones y resucitó para la justificación de todo aquel que en Él cree— este incrédulo, afirma Jesucristo, ya ha sido condenado.

Así fue con el pobre rico: “Vienen a pedir tu alma …”

Él confundió la eternidad por venir con el tiempo presente, y por esto pensaba que todo estaba bien. Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio. Pero el mensaje del evangelio es mucho más halagador: Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos. Los tuyos, por ejemplo, si aceptas. Él se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo.

Veré el rostro de mi Señor y Salvador en justicia; estaré satisfecho cuando despierte en su semejanza. En cuanto al que lee este folleto, me imagino que no sea un agricultor rico, pero lo importante es que tampoco confunda los frutos perecederos de hoy con su fin eterno, sea con creyentes en gloria o con incrédulos en la perdición.