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606. Mi sustituto

#606

Escrito originalmente por James Simpson (1811-1870), un médico escocés que se especializó en los problemas del parto. Descubrió en el cloroformo un sustitutivo para el éter y de esta manera revolucionó ciertas técnicas obstétricas.

Fue la muerte de un hijo a los 15 años que le impulsó al doctor Simpson a buscar la paz con Dios. Sorprendió a una clase de estudiantes con el anuncio: “En este salón soy el pecador más viejo y el creyente más joven”. Era estimado entre el pueblo en parte por su afán de insistir ante el gremio médico que una mujer parturienta era digna de cuidado y respeto.
En sus últimos días de dolor comentó: “Cuando puedo reflexionar, digo: ‘Sólo Jesús’, y en realidad eso es todo lo que uno necesita, ¿verdad?” Ochenta mil personas observaron su procesión fúnebre en la ciudad de Edimburgo.

* * * *

Iba rumbo a la escuela una vez en mi niñez cuando vi que se llevaba por todas las calles del pueblo en un rústico coche de dos ruedas a un sujeto que estaba amarrado y sangrando por los azotes que había recibido.

Fue un castigo vergonzoso. ¿Y por muchas ofensas? No, por una sola. ¿Acaso algún conocido suyo se ofreció compartir el flagelo con él? No, nadie. El que cometió la falta tuvo que sufrir el castigo solo. Era la pena de una ley humana que por cierto fue eliminada poco después.

Cuando estudiante universitario, vi, con millares más, a un hombre conducido al patíbulo, sus brazos amarrados y su rostro pálido. ¿Acaso la víctima de su fechoría se presentó y pidió que le colocaran la soga al cuello suyo? ¿O algún amigo se ofreció como sustituto y rogó que los verdugos soltasen a su compañero para que él fuera ahorcado en su lugar?

No, todos nos quedamos inmóviles. Ese señor pagó solo la sentencia. ¿Murió por muchos delitos? No, por uno solo. Había quebrantado la ley en un solo punto, robando una bolsa de dinero, y por ese solo acto murió.

Yo mismo era un pecador a la orilla de un precipicio, condenado al lago de fuego y el castigo eterno. ¿Por una sola ofensa? No, por muchas ofensas cometidas contra la ley inmutable de Dios.

Volví a mirar, y he aquí que Jesucristo tomó mi lugar. Llevó en su propio cuerpo todo el castigo de mis pecados. Murió en la cruz para poder vivir yo en la gloria. Hallé en Él no sólo mi sustituto, sino también a Aquel que suple toda necesidad de mi vida.

Como también lo expresa la Sagrada Biblia: “Cuando aún éramos débiles, Cristo a su tiempo murió por los impíos”.

Cristo padeció una sola vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Nos redimió de la maldición de la ley divina. Ni otro, ni otra, lo hizo, ni podía.

Termino citando al apóstol Pedro: “De Éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre”.

Desde luego, escribo estas líneas con el fin de ayudarle a usted a tomar este paso de fe —el del sincero arrepentimiento a solas delante de Dios y fe en Cristo— y así tener para siempre jamás al Señor Jesús como su propio Sustituto y Salvador.